Afecta al 3,3% de la población y se caracteriza por dolor crónico, fatiga e insomnio. Especialistas explican su origen neurológico y la importancia de un tratamiento integral El dolor constante, la fatiga y el insomnio son parte del día a día de quienes viven con fibromialgia, una enfermedad crónica que afecta al 3,3% de la población chilena, principalmente a mujeres mayores de 40 años. Aunque durante años fue malinterpretada o asociada a causas psicológicas, hoy se sabe que
su origen está en un trastorno del sistema nervioso central, que amplifica la percepción del dolor. El Dr. Gustavo Monckeberg, reumatólogo de Clínica Universidad de los Andes, explica que “la fibromialgia se produce por un mecanismo de hiperalgesia y alodinia, es decir, una mayor sensibilidad al dolor y una percepción anormal de este. Lo que ocurre es un proceso de sensibilización central: el cuerpo percibe como dolorosos estímulos que normalmente no lo son”. La enfermedad se manifiesta con dolor muscular difuso, fatiga persistente, trastornos del sueño, ansiedad o depresión, migrañas, síndrome de colon irritable, bruxismo y dificultades de memoria o
concentración. Además, puede coexistir con otras patologías como lumbago, artrosis o lupus, lo que complica su diagnóstico. “No existen exámenes que la confirmen, por eso el diagnóstico es clínico y requiere descartar otras enfermedades”, agrega el Dr. Monckeberg. Aunque la causa exacta aún se investiga, se ha identificado una combinación de factores genéticos, hormonales y biográficos, como experiencias de alto estrés o eventos traumáticos. Estos pueden activar una respuesta anómala del sistema nervioso, que mantiene el cuerpo en un estado de alerta constante. El manejo debe ser multidisciplinario, combinando tratamientos farmacológicos y no farmacológicos. El especialista enfatiza que “el tratamiento debe ser integral, personalizado y enfocado en aliviar el dolor y mejorar la calidad de vida, facilitando la reintegración del paciente a sus actividades cotidianas”.
Entre las principales estrategias destacan:
Medicamentos: analgésicos, antidepresivos o anticonvulsivos, que ayudan a reducir el dolor y
mejorar el descanso.
Actividad física regular: especialmente ejercicios aeróbicos suaves y de fortalecimiento.
Apoyo psicológico y terapia cognitivo-conductual: ayudan a manejar el estrés y la ansiedad
asociados.
Hábitos saludables: mantener rutinas de sueño, evitar el sedentarismo y fomentar la vida
social.












