Uno de los artistas más relevantes del muralismo chileno, un creador comprometido con su tiempo, formado en la tradición muralista latinoamericana y marcado por las tensiones políticas y sociales del siglo veinte. Julio Escámez emerge hoy como un referente redescubierto por la sociedad chilena.
Su obra “Principio y Fin” es una de las expresiones más lúcidas de su mirada. Con un trazo que bordea el impresionismo, Escámez retrata trabajadores, símbolos de solidaridad y ecos de la Guerra Fría, mostrando un país que buscaba sentido en medio de cambios profundos. Su mural habla de comienzos, finales y ciclos históricos que hoy siguen resonando.
Ese mensaje está inmortalizado en el edificio consistorial de la Municipalidad de Chillán desde fines de los años sesenta, aunque gran parte de su vida permaneció oculto. Su recuperación —gracias al trabajo conjunto impulsado por el alcalde Camilo Benavente, funcionarios y honorables concejales, nuestro Ministerio, el Consejo de Monumentos Nacionales y el Servicio Nacional del Patrimonio— no solo revela este mural: nos reconcilia con la historia y nos devuelve la fuerza para valorar lo que en algún momento se intentó borrar.
Como Estado, asumimos el compromiso de proteger este legado. La declaratoria del mural como Monumento Nacional, que contará con la presencia de la subsecretaria de Patrimonio, Carolina Pérez Dattari, marcará el inicio de su centenario. A este hito se suma otro legado local: la reciente incorporación de la Casa de Marta Colvin al mismo registro, fortaleciendo el relato patrimonial de una ciudad que ha visto nacer a dos figuras fundamentales del arte chileno.
Ñuble es un territorio que no deja de sorprendernos. Aunque su historia es vasta, sigue siendo un baúl cultural cuyos tesoros —materiales, inmateriales y humanos— continúan emergiendo gracias a quienes investigan, restauran y valoran su patrimonio.
Por décadas, el olvido extendió su capa de silencio sobre los colores de Escámez, ocultando a plena vista un testimonio que se negaba a morir.
Hoy, ese mural respira. Sus figuras no son solo pintura: son un latido bajo el yeso; un susurro que trepa desde los muros para interrogarnos sobre la memoria que enterramos y la belleza que rescatamos.
Al rescatar su obra, no solo desempolvamos un patrimonio: desenterramos el cimiento sobre el que construir un futuro que no tema a sus sombras, ni olvide el fulgor de sus artistas. Porque la memoria, cuando por fin se libera, no se mira: se siente. Y Escámez, desde su centenario, nos convoca no solo a admirar su mural, sino a escuchar el murmullo de la historia que late tras la pared.
Oliver Arriola R.












